Instituto Václav Havel - CADAL

Artículos de Václav Havel
Qué nos enseña todavía el comunismo
17 de noviembre de 2004
 

PRAGA

El decimoquinto aniversario de la Revolución de Terciopelo, aquella que el 17 de noviembre de 1989 puso fin a cuarenta y un años de dictadura comunista en Checoslovaquia, es una oportunidad para analizar el significado de la conducta moral y la libertad de acción.

Hoy vivimos en una sociedad democrática, pero muchos -y no sólo en la República Checa- todavía creen que no son verdaderamente dueños de su destino. Han dejado de considerarse capaces de influir de manera efectiva en los acontecimientos políticos y menos aún en el rumbo que está tomando nuestra civilización.

En la era comunista, la mayoría de la gente pensaba que los esfuerzos individuales por realizar cambios no tenían sentido. Los gobernantes comunistas insistían en que el sistema era el producto de las leyes objetivas de la historia. Esas leyes eran incontrovertibles, y quienes rechazaban esta lógica eran castigados, por si acaso.

Por desgracia, la mentalidad que sostuvo las dictaduras comunistas no ha desaparecido del todo. Algunos políticos y expertos afirman que el comunismo simplemente colapsó bajo su propio peso, y también lo atribuyen a las "leyes objetivas" de la historia. Una vez más, se menosprecian la responsabilidad y las acciones individuales. Nos dicen que el comunismo fue tan sólo uno de los callejones sin salida del racionalismo occidental. Por tanto, bastaba con esperar a que fracasara.

A menudo, esas mismas personas creen en otras manifestaciones de lo inevitable: por ejemplo, en supuestas leyes del mercado y otras "manos invisibles" que dirigen nuestra vida. Ese modo de pensar deja poco margen a la acción moral individual; suele ridiculizar las críticas sociales, tildándolas de elitistas o de moralistas e ingenuas.

Quizá sea ésta una de las razones por las que, a quince años de la caída del comunismo, hemos recaído en la apatía política. Cada vez más, la democracia es vista como un mero ritual. Se diría que, en cierto sentido, las sociedades occidentales en general viven una crisis del carácter democrático y del ejercicio activo de la ciudadanía.

Tal vez asistamos a un simple cambio de paradigma, para nada inquietante, provocado por las nuevas tecnologías. Empero, el problema podría ser más profundo: las corporaciones globales, los carteles mediáticos y las burocracias poderosas están convirtiendo a los partidos políticos en organizaciones cuya tarea principal ya no es servir al público, sino proteger determinados intereses y clientelas. La política se va transformando en un campo de batalla entre lobbistas. Los medios trivializan los problemas graves. Con frecuencia, la democracia parece un juego virtual para consumidores, en vez de un trabajo en serio para ciudadanos serios.

Cuando soñábamos con un futuro democrático, los disidentes teníamos, por cierto, algunas ilusiones utópicas. Hoy somos muy conscientes de ello. Pero no nos equivocábamos al argüir que el comunismo era algo más que un callejón sin salida del racionalismo occidental. El sistema comunista "perfeccionó" al máximo la burocratización, el manipuleo anónimo y el énfasis en el conformismo masivo. Sin embargo, algunas de esas amenazas están otra vez entre nosotros.

Entonces ya sabíamos con certeza que una democracia vacía de valores, reducida a una competencia entre partidos políticos que tienen soluciones "garantizadas" para todo, puede ser muy poco democrática. Por eso ponemos tanto énfasis en la dimensión moral de la política y en una sociedad civil vibrante como contrapesos a los partidos políticos y las instituciones estatales.

También soñábamos con un orden internacional más justo. El fin del mundo bipolar fue una gran oportunidad para humanizarlo más. En lugar de eso, presenciamos un proceso de globalización económica que se ha desbocado políticamente y, por lo mismo, está ocasionando un caos económico y arruinando la ecología en muchas partes del mundo.

La caída del comunismo fue una ocasión para crear instituciones políticas mundiales más eficaces, basadas en principios democráticos y capaces de poner fin a algo que, en su forma actual, sería la tendencia autodestructiva de nuestro mundo industrial. Si no queremos ser arrollados por fuerzas anónimas, debemos poner en marcha en el mundo entero los principios de libertad, igualdad y solidaridad, bases de la estabilidad y prosperidad en las democracias occidentales.

Pero, por sobre todo, no hay que perder la fe en el significado de los centros alternativos del pensamiento y la acción cívica. Esta necesidad es tan urgente hoy como lo fue bajo el comunismo. No nos dejemos convencer de que es absurdo intentar cambiar el orden "establecido" y las leyes "objetivas". Tratemos de construir una sociedad civil global. Insistamos en que la política no es una mera tecnología del poder y necesita tener una dimensión moral.

Al mismo tiempo, en los países democráticos, los políticos deben pensar seriamente en reformar las instituciones internacionales, de modo tal que sean capaces de gobernar de veras el mundo. Lo necesitamos desesperadamente. Podríamos empezar por la ONU. Hoy es una reliquia de la posguerra de 1945. No refleja el influjo de algunas nuevas potencias regionales. De una manera inmoral, iguala países que han elegido a sus representantes en forma democrática con otros cuyos representantes sólo hablan de por sí o, en el mejor de los casos, en nombre de sus juntas.

Nosotros, los europeos, tenemos una tarea específica. La civilización industrial, que hoy abarca el mundo entero, nació en Europa. Podemos decir que todos sus milagros, todas sus contradicciones aterradoras, son consecuencias de una mentalidad inicialmente europea. Por consiguiente, la unificación de Europa debería servir de ejemplo al resto del mundo respecto de cómo encarar los diversos peligros y horrores que hoy nos inundan.

Al llevar a cabo esa tarea, íntimamente ligada al éxito de su integración, los europeos harían realidad -y de un modo auténtico- su sentido de responsabilidad global. Sería una estrategia mucho mejor que el recurso barato de achacar a Estados Unidos los distintos problemas del mundo contemporáneo. .

Vaclav Havel ha sido presidente de la República Checa © Project Syndicate y LA NACION (Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

Fuente: La Nación (Buenos Aires, Argentina)

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