Instituto Václav Havel - CADAL

Artículos de Václav Havel
Qué significa hoy Occidente
12 de octubre de 2001
 

Los comentarios del primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, sobre la supuesta superioridad de la civilización cristiana occidental sobre el islam desataron un encendido debate. En este artículo, el presidente de la República Checa intenta esclarecer lo que significa hoy la civilización occidental.

PRAGA - ¿Cuál es el significado actual de "Occidente"? Ante todo, es un territorio delimitado geográficamente: podríamos describirlo como la región euroatlántica o euroamericana. Sin embargo, es tanto o más importante definirlo por sus valores y cultura. Básicamente, Occidente ha compartido una historia política y económica emanada de un conjunto de fuentes espirituales comunes. Por largos siglos, el carácter de su civilización y su idiosincrasia íntima le permitieron ejercer una influencia importante sobre otras regiones y, con el tiempo, determinar de manera desproporcionada la configuración actual del orden mundial.

Desde luego, hoy reconocemos que Occidente exportó al resto del mundo no sólo numerosos logros maravillosos sino también otros valores menos loables que ocasionaron la liquidación violenta de otras culturas, la supresión de otras religiones y el fetichismo de una incesante expansión económica indiferente a sus efectos cualitativos. Pero el factor clave, en las actuales circunstancias, y en particular para nosotros, que vivimos en lo que hasta hace poco se consideraba el Este, es que Occidente también profundizó y difundió principios tan fundamentales como el imperio de la ley, el respeto por los derechos humanos, un sistema político democrático y la libertad económica. Hoy día, muchos países hacen profesión de esos valores, pero, como pertenecen a otras áreas geográficas, aunque sólo sea por este motivo puramente externo no podemos considerarlos una parte de Occidente.

No obstante, como ciudadano de un país europeo poscomunista, debo admitir que a menudo me siento un tanto incómodo al oír esas afirmaciones, a modo de mantras, sobre nuestra filiación occidental, el rumbo occidental de nuestras políticas y la obligación de las organizaciones occidentales (OTAN, Unión Europea, etcétera) de ofrecernos una admisión rápida. En esta retórica hay un tono implícito y subyacente que me perturba.

Mi desasosiego radica en un criterio no reconocido que define, en parte, los términos "Oeste" y "Este", u "Occidente" y "Oriente", al menos en nuestro ambiente poscomunista. El régimen soviético, tanto en la Unión Soviética como en sus satélites europeos, se caracterizó por la opresión espiritual y física, la insensibilidad, la ignorancia, un monumentalismo vacío y un retraso general presentado jactanciosamente como progreso. El contraste entre estos rasgos y la cultura y prosperidad de Occidente era tan manifiesto, que inevitablemente nos inducía a percibir lo occidental como bueno y lo oriental como malo. Así, en forma consciente aunque no intencional, el término "Occidente" se convirtió en sinónimo de progreso, cultura, libertad y decencia, y "Este" quedó reducido a un sinónimo de subdesarrollo, autoritarismo y necedad omnipresente.

Huelga decir que el fin de la división bipolar del mundo y el avance de nuestra civilización por la vía de lo que ahora llamamos "globalización " nos instan a cambiar radicalmente nuestro modo de pensar respecto al futuro orden mundial. Por tanto, la percepción implícita de la superioridad occidental y la inferioridad oriental es, a la larga, insostenible. Ningún territorio geográfico y cultural determinado puede considerarse a priori mejor que ningún otro, para siempre o por cuestión de principios.

Principios universales

Creo, en verdad, que "Occidente" debería recuperar, de a poco, su antigua neutralidad moral. En el futuro, debería significar una región del mundo contemporáneo claramente definida, una de las esferas de la civilización que se caracteriza por una historia, cultura, escala de valores, y tipo de responsabilidad compartidas, así como por sus inquietudes específicas y peculiares. Ni más ni menos. Lo mismo debería aplicarse a "Oriente", pese a todos los problemas, evidentemente inveterados, que lo aquejan hoy día.

Mientras la palabra "Oriente" evoque connotaciones peyorativas y la palabra "Occidente" tenga una connotación afirmativa, será inmensamente difícil construir un nuevo orden mundial basado en la igualdad entre las diversas regiones. Nada tiene de malo formar parte de Occidente, ni hay razón alguna para no declarar tal filiación.

Por otro lado, ser una persona o país occidentales no entraña una superioridad a priori. Esto debería aplicarse a todas las demás entidades del mundo actual: no hay por qué avergonzarse de pertenecer a cualquiera de ellas. El respeto hacia otras identidades y la certeza de que todas son iguales deben acompañar el esfuerzo por forjar un orden mundial fundado en una paz y una asociación genuinas, en un orden que emane del compromiso, universalmente compartido, de atenerse a ciertos principios morales y políticos absolutamente fundamentales.

Ya pasaron los tiempos de la dominación mundial del hombre blanco, el europeo, el norteamericano o el cristiano. Estamos entrando en una nueva era. Nuestro deber es respetarnos los unos a los otros y trabajar juntos para beneficio de todos.

© Project Syndicate y LA NACION

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

Fuente: La Nación (Buenos Aires, Argentina)


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