Instituto Václav Havel - CADAL

Artículos de Václav Havel
Amenazas a la identidad nacional
26 de abril de 2001
 

PRAGA

HOY se habla a menudo de identidad y soberanía, pero, ¿qué significan en realidad? Probablemente, ambas expresan el sentimiento de que una comunidad solo puede mantenerse fiel a su verdadera idiosincrasia cuando nada se lo impide. En suma, cuando puede decidir su destino.

Los comentarios suelen ser bastante sombríos. Se supone que nuestra identidad y soberanía están amenazadas por una Unión Europea deseosa de "asimilarnos" al máximo; por la Comisión Europea y sus normas; por la OTAN, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial; por las Naciones Unidas; por los capitales extranjeros; por las ideologías occidentales; por las mafias orientales; por la influencia norteamericana; por la inmigración asiática o africana, y sabe Dios por cuántas cosas más.

En el fondo, algunas de estas inquietudes tienen, quizá, cierta lógica, pero todas derivan de un error conceptual tradicional: creer que mantener el carácter, la identidad o la soberanía no incumbe principalmente a una comunidad o pueblo, sino que es algo que se deja librado al control de otros. Esto es, se deja en manos de aquellos que intentarían "quitarnos" nuestra identidad o, al menos, debilitarla. Sin embargo, no me parece que la preocupación primordial del mundo sea hallar el modo de robar a la gente su identidad y soberanía. El respeto por la idiosincrasia de cualquier nación, su modalidad de desarrollo y el grado en que decide su destino son determinados, más que nada, por quienes la integran.

¿Cómo se determina este destino? Depende de que un pueblo se aísle, en la esperaza de que, así, los vientos de este mundo pasen de largo, o que, por el contrario, una nación se conduzca como verdadera habitante de este continente y este planeta, o sea, como un pueblo comprometido con el mundo y que asume su parte de responsabilidad por él. La humanidad entera enfrenta este dilema crucial: observar en silencio la autopropulsión suicida de nuestra civilización o entrar a participar activamente en el mantenimiento de los bienes públicos mundiales, incluido el más preciado: nuestro planeta y su biosfera, de los que formamos parte.

Degradación física

En el concepto de comunidad, entran también cosas concretas. Por ejemplo, depende de que cuidemos o no el medio ambiente. De si un pueblo permite que una arquitectura universal vulgar, carente de creatividad e imaginación, desfigure sus ciudades. Tales desgracias no nos son impuestas por la UE, ni por el capital global con sus corporaciones multinacionales, ni por extranjeros pérfidos. Da la casualidad de que toda esta degradación física se consuma con el consentimiento y la ayuda activa de la población local. En otras palabras: "nuestra" identidad es viciada fundamentalmente por nosotros mismos. Nosotros, que deberíamos protegerla y guardarla.

¿Quién infesta el lenguaje y la conversación con clisés, solecismos y expresiones trilladas que fluyen alegremente de boca en boca y de pluma en pluma? ¿Quién es responsable del estéril lenguaje publicitario que vemos en las paredes, por televisión y, en verdad, por todas partes, sin el cual parecemos incapaces de saber tan siquiera qué hora es? Estos graves ataques al idioma, ¿no agreden también una de las raíces de nuestras identidades? Y nosotros, que usamos tales expresiones de muy buen grado, ¿no somos también responsables?

Avancemos un poco más. ¿Quién permite que, de la mañana a la noche, niños y adolescentes se bañen en la sangre que fluye por las pantallas de cine y televisión, pero manifiesta un asombro hipócrita ante la agresividad juvenil? Estos "entretenimientos" no son filmados ni publicados por representantes de instituciones internacionales, otros Estados o grandes multinacionales. Se producen y se comercializan entre compatriotas.

Por detrás de estos ataques visibles a la identidad, presentes en todo país industrial, las naciones poscomunistas enfrentan otras amenazas serias a su soberanía e identidad. En la última década de transformación económica, una fortuna inimaginable ha desaparecido misteriosamente de bancos y empresas; la evasión fiscal suma miles de millones de la moneda que fuere. Pocos responsables han sido enjuiciados. Y, quizá lo peor de todo, los que transfirieron fondos a "paraísos fiscales" al parecer disfrutan la callada admiración de la misma gente de la que se aprovecharon.

Pero, ¿quiénes son exactamente los que no pagan sus deudas, los que contratan asesinos para quitarse de encima a sus acreedores? Entre los líderes de partidos políticos, que deberían servir de modelo a otros, ¿quién niega sus maquinaciones financieras con una sonrisa afectada o estúpida?

Cadena de mentiras

¿Quién emponzoña nuestra vida política y pública con el juego sucio, el egoísmo, el odio y la envidia? ¿Quién nos induce, de manera muy discreta, a volvernos aún más insensibles, a habituarnos cada vez más al hecho de que cualquiera puede mentir sobre cualquier cosa?

Repito: si la identidad de una nación se ve comprometida, es principalmente por una acción interna, por una elección -a menudo, expresada en las urnas- producto, a su vez, de la indolencia o la dejadez. Hoy día, el origen principal de las amenazas a la identidad no son las imposiciones foráneas.

Si todos estamos dispuestos a expresar el deseo de preservar la comunidad y la identidad participando en las elecciones y tomando las decisiones correctas, si de veras queremos hacerlo, un ámbito internacional abierto y las culturas democráticas avanzadas de nuestros vecinos, amigos y aliados constituyen el mejor campo para promover la individualidad de un pueblo. En los tiempos que corren, una identidad solo puede vivir y florecer de veras si respira el aire libre del mundo, si se define contra un telón de fondo de buena convivencia, activa y duradera, con otras identidades, y enfrenta con dignidad los vientos adversos que atraviesan el mundo actual y, más importante quizá, los deseos adversos que le broten desde adentro.

© Project Syndicate y La Nación

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

El autor es el presidente de la República Checa.

Fuente: La Nación (Buenos Aires, Argentina)

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