Instituto Václav Havel - CADAL

Artículos de Václav Havel
En defensa de la solidaridad europea
6 de marzo de 2000
 

PRAGA

Tal vez es la experiencia de un hombre que padeció cuarenta años de régimen comunista y, antes, la ocupación nazi. Acaso, la experiencia de vivir en un país del centro del continente, un lugar que durante siglos ha sido la encrucijada de las corrientes espirituales, los intereses geopolíticos y las confrontaciones en Europa. Tal vez la combinación de todos esos factores me ha llevado a la convicción de que Europa es una entidad política cuya seguridad es indivisible.

La idea de que podría haber dos Europas para siempre -una democrática, estable, próspera e integrada y una menos democrática, menos estable, menos próspera y aislada- es errónea. Es como si se pudiera calentar una parte de una habitación y dejar fría la otra. Sólo existe una Europa, a pesar de su diversidad. Cualquier suceso importante tiene repercusiones en todo el continente.

Si Europa ha de convertirse en una, si la Unión Europea ha de incluir las nuevas democracias poscomunistas (lo cual es del interés de toda la región), se debe abordar una serie de tareas vitales, tanto dentro de las nuevas democracias como en las comunidades europea y atlántica. Para empezar, Europa debe fomentar la comunidad en los países poscomunistas mediante la restauración de la sociedad civil.

Porque una sociedad viva no puede reestructurarse desde arriba. De tal forma, Europa debe ayudar a sus nuevas democracias a convertirse en parte orgánica de un compromiso continental compartido para la profundización y el avance de la sociedad civil. Mientras más variadas e interconectadas sean las estructuras cívicas europeas, mejor preparadas estarán las nuevas democracias para formar parte de la UE y más estables serán como Estados.

Para alcanzar esto, Europa debe alentar a las nuevas democracias a transferir diversas tareas de solidaridad a organizaciones independientes sin fines de lucro o de bien público. Cuanto más bajo sea el nivel de redistribución, más transparente y económico será y estará en mejores condiciones de satisfacer aquellas necesidades sociales que las autoridades centrales no pueden discernir. La solidaridad social será más auténtica si se la conecta con personas concretas o asociaciones de personas.

Una auténtica solidaridad entre personas, grupos sociales, asentamientos y regiones es también el apoyo más firme para aquellas formas de solidaridad que sólo el Estado puede implementar. Un amargo capítulo de la historia europea moderna lo constituye la política de apaciguamiento que renunció a la solidaridad europea y llevó a la capitulación de Munich. Esta experiencia todavía nos recuerda que debemos estar atentos. Se debe hacer frente al mal en cuanto surge, pero no es suficiente que actúen los gobiernos, pues las políticas de gobierno nacen de los sentimientos de la sociedad civil, del pueblo.

La preocupación por la seguridad es, de hecho, una manifestación de solidaridad de la sociedad. La UE está trabajando intensamente en un nuevo concepto de su política de seguridad, que debe caracterizarse por la capacidad de alcanzar decisiones con rapidez y de convertir con celeridad las decisiones conjuntas en acciones. Los acontecimientos recientes en Yugoslavia demostraron que esas reformas son necesarias.

La intervención de la OTAN del año pasado puso de manifiesto que el respeto a la vida y a la libertad del ser humano y las consideraciones de seguridad paneuropea pueden requerir una intervención de fuera de las fronteras de la UE. Cuanto más fuerte sea el mandato, mejor. Desafortunadamente, puede haber situaciones en que no llegue un mandato de las Naciones Unidas, aunque la intervención sea del interés de mucha gente, de toda Europa, incluso de la civilización humana. Hasta hace poco, Europa no estaba preparada para esta alternativa. Ahora está más preparada, por lo menos psicológicamente. Esta preparación psicológica debe utilizarse para avanzar en la preparación material y técnica.

Acciones tímidas

Sin embargo, hay más por hacer en el campo de la seguridad preventiva, y para lograr que esa seguridad refleje los valores de una sociedad civil europea más amplia. Decenas de miles de vidas humanas podrían haberse salvado y buena parte de los daños materiales podrían haberse evitado en Kosovo, Bosnia-Herzegovina y otras partes de la ex Yugoslavia si la comunidad internacional hubiese actuado al empezar el conflicto. A pesar de las advertencias sobre los horrores que se avecinaban, las acciones fueron tímidas. Esas fallas surgieron de las consideraciones de diversos intereses internos particulares y de la falta de disposición para asumir riesgos en pro de una buena causa.

Sin la energía estadounidense, por cierto, la comunidad internacional seguiría presenciando los horrores de Kosovo. Europa no puede depender para siempre de los Estados Unidos, especialmente cuando se trata de problemas europeos. Debe ser capaz de ponerse de acuerdo en soluciones propias. Es impensable que la UE pueda presentarse como una parte respetable del orden global si no consigue llegar a acuerdos sobre las formas de proteger los derechos humanos, no sólo en su territorio sino en áreas que algún día puedan unírsele.

Tal ampliación de la UE sólo es concebible si avanza de la mano de reformas audaces de sus instituciones. Confío en que la conferencia intergubernamental sobre la reforma institucional habrá de generar propuestas viables para que avance la unión. Pero eso lo veo como el principio de un proceso que puede llevar décadas y que debe estar dirigido por un esfuerzo duradero para acelerar la toma de decisiones de la UE y hacerla más transparente.

Un tema que tiene que ver con la reforma institucional es el asunto de cómo dar a los Estados menores una seguridad de que no quedarán relegados por el mayor peso electoral de los Estados mayores, y al mismo tiempo, dar la debida consideración al tamaño de estos últimos. Una posibilidad es establecer una segunda cámara del Parlamento Europeo, formada por miembros que no serían elegidos por voto directo sino por los parlamentos de los Estados miembros. Así, la primera cámara de la UE, es decir, el Parlamento actual,-reflejaría el tamaño individual de los Estados miembros; la segunda cámara, con el mismo número de representantes por cada Estado, mejoraría la igualdad.

Tarde o temprano, estos cambios requerirán que la UE tenga una constitución clara y comprensible, un texto que todos los niños europeos puedan aprender. Esa constitución debería tener dos partes. En la primera se establecerían los derechos y obligaciones tanto de los ciudadanos como de los Estados europeos, los valores subyacentes de una Europa unida, y el significado y los objetivos de la integración. La segunda parte describiría las instituciones clave de la UE, sus atribuciones principales y las relaciones entre ellas. Una ley fundamental de esta naturaleza no implicaría automáticamente la transformación de la unión actual en el supraestado federal que tanto temen los euroescépticos. Sin embargo, ayudaría a que los ciudadanos de una Europa en proceso de integración vieran más claramente lo que la UE representa, la entendieran mejor y notaran cuánto tiene que ver con sus vidas cotidianas, y en consecuencia, ayudaría a que se identificaran con ella.

© Project Syndicate y La Nación .

El autor es presidente de la República Checa.

Fuente: La Nación (Buenos Aires, Argentina)

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