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Artículos de Václav Havel
En busca de la identidad europea
14 de julio de 2000
 

PRAGA

LOS pueblos de Europa, ¿en verdad se consideran "europeos"? ¿O es una ficción que intenta transformar la geografía en un "estado de ánimo"? Es un interrogante frecuente en los debates en torno a cuánta soberanía pueden, o deben, transferir los Estados nacionales a la Unión Europea. Muchos dicen que si la filiación nacional es relegada demasiado rápido en favor de un concepto de filiación europea extraño y tal vez quimérico, la cosa podría acabar mal.

Cuando me pregunto hasta qué punto me siento europeo y qué me une a Europa, mi primer pensamiento es un leve asombro ante el hecho de que sólo ahora me lo pregunte. ¿Por qué no pensé en ello en aquellos lejanos tiempos en que empezaba a descubrir el mundo? ¿Fue acaso porque consideraba mi pertenencia a Europa una cuestión superficial y baladí? ¿O porque daba por sentado mi vínculo europeo?

Todos mis antecedentes eran tan manifiestamente europeos que nunca se me ocurrió sondear mis pensamientos. Y no sólo eso: intuyo que si hubiese escrito o declarado que era y me sentía europeo, o si profesaba de manera explícita una orientación europea, habría hecho el ridículo. Semejantes manifestaciones habrían parecido patéticas y pomposas; yo las habría considerado una versión más presuntuosa de la clase de patriotismo que me desagrada ver en los nacionalistas.

El europeísmo consciente tiene poca tradición. Bienvenido, pues, el surgimiento paulatino de la conciencia europea de entre la masa confusa de certezas patentes. Al inquirir acerca de ella, al pensar en ella e intentar captar su esencia, fomentamos nuestra conciencia de nosotros mismos.

Si hasta una fecha reciente Europa prestó tan poca atención a su identidad, fue porque, equivocadamente, creyó ser el mundo entero o, al menos, se consideró tan superior al resto del mundo que no creyó necesario definirse respecto de otros. Por fuerza, esto perjudicó su comportamiento práctico.

Reflexionar sobre el europeísmo significa indagar en el conjunto de valores, ideales y principios que caracterizan a Europa. En este esfuerzo reflexivo, debemos poner énfasis en la dimensión espiritual y los valores subyacentes de la integración europea. Hasta ahora, la unificación y su significado en el contexto más amplio de la civilización han permanecido ocultos tras cuestiones técnicas, económicas, financieras y administrativas.

Cuando empezó la unificación, después de la Segunda Guerra Mundial, la Europa Occidental democrática encaró el recuerdo de dos guerras mundiales y la amenaza del totalitarismo comunista. Por aquel entonces, los valores por defender eran tan evidentes que ni falta hacía hablar de ellos. Había que unir a Occidente para prevenir la expansión de la dictadura y el peligro de una recaída en viejos conflictos nacionales.

De ahí que, en su infancia, la UE adoptara una actitud muy similar a la que yo mantenía respecto a mis antecedentes europeos. La justificación moral de Europa saltaba a la vista; ni falta hacía profesarla. Europa Occidental defendía algo igualmente obvio que era innecesario describir o analizar. Sólo al desaparecer la amenaza física contra ella, hace ya una década, Europa se sintió impulsada a reflexionar profundamente acerca de los cimientos morales y espirituales de su unificación y cuáles deberían ser los objetivos de una Europa unida.

El conjunto básico de valores, formados por la historia espiritual y política del continente, me parece claro. Consiste en el respeto por el ser humano como individuo y las libertades, derechos y dignidad de la especie humana; el principio de solidaridad; el imperio de la ley y la igualdad ante ella; la protección de las minorías; las instituciones democráticas; la separación de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial; el pluralismo político; el respeto de la propiedad privada, la empresa privada y una economía de mercado, y la promoción de la sociedad civil. Estos valores reflejan innumerables experiencias europeas modernas, incluido el hecho de que nuestro continente es hoy una encrucijada multicultural.

Grandeza y tragedia

Definir qué significa ser "europeo" entraña una tarea decisiva: meditar sobre el doble filo de lo que hemos dado al mundo; comprender que Europa enseñó al mundo los derechos humanos, pero también introdujo el Holocausto; que generamos impulsos espirituales no sólo para revolucionar la industria y la información, sino también para saquear y contaminar la naturaleza; que incitamos al progreso científico y tecnológico, pero también expulsamos de manera implacable experiencias humanas esenciales, forjadas a lo largo de varios milenios.

Los peores acontecimientos del siglo XX _las guerras mundiales, el fascismo y el totalitarismo comunista_ fueron en su mayoría de hechura europea. Sin embargo, en el último siglo, Europa también vivió tres hechos auspiciosos, aun cuando ninguno fue un logro exclusivamente suyo: el fin del colonialismo, la caída de la Cortina de Hierro y el comienzo de la integración. Queda por delante una cuarta gran tarea. Por su modo de ser, la Europa en proceso de unificación debe demostrar que los peligros generados por su civilización contradictoria pueden ser combatidos. Me alegraría que mis compatriotas, que son europeos, pudieran participar como tales, y con pleno reconocimiento continental, en este proceso de reflexión y definición de una identidad europea.

© Project Syndicate y La Nación

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

El autor es el presidente de la República Checa.

Fuente: La Nación (Buenos Aires, Argentina)

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