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Artículos de Václav Havel
Los nuevos enemigos de la sociedad civil
5 de mayo de 2000
 

PRAGA

UNA auténtica sociedad civil es el fundamento más real de la democracia. Esta verdad suele olvidarse en el calor de las campañas electorales. El comunismo podía coexistir ocasionalmente con la empresa privada, nunca con la sociedad civil. Por eso, allí donde se estableciese, su ataque inicial más funesto iba dirigido contra ella.

La libertad de palabra, suprimida de la noche a la mañana por el comunismo, podía restituirse, a su caída, con igual prontitud. Restaurar la sociedad civil, ese gran conjunto de formas paralelas y complementarias de participación ciudadana en la vida pública, ha sido una tarea mucho más complicada. El motivo salta a la vista: la sociedad civil es un organismo muy frágil, a veces, hasta misterioso, de estructura compleja, cuyo desarrollo llevó décadas, cuando no siglos. De ahí la imposibilidad de reimplantarla "desde arriba" o por decreto tras varios años de virtual inexistencia. Sus tres pilares -las asociaciones privadas voluntarias, la descentralización del Estado y la delegación del poder político a entidades independientes- sólo pueden reconstruirse pacientemente.

En los diez años de transición poscomunista, nuestras nuevas elites políticas se han mostrado indiferentes a la reconstrucción de la sociedad civil o se han opuesto enérgicamente a ella. No bien conquistaron el poder, se volvieron reacias a entregar la menor pizca de la autoridad estatal heredada. Resulta paradójico que muchos políticos democráticos, y aun anticomunistas, hoy defiendan las desmesuradas facultades del gobierno, reliquias de la era comunista.

Por eso quedan tantas escuelas, hospitales, instituciones culturales, etcétera, bajo administraciones centralizadas, cuando podrían haberse transformado en organizaciones vigiladas a distancia, o apoyadas de manera transparente, por el Estado. Venimos debatiendo la descentralización del Estado desde hace nueve años, sin que ningún organismo estatal se muestre dispuesto a transferir poderes a las autoridades regionales o municipales. Esto explica la persistencia de una tributación excesiva en la República Checa: el Estado tiene que costear mil cosas que, de existir una sociedad civil avanzada, estarían directamente a cargo de los ciudadanos.

Esta inercia nada tiene que ver con la ideología. La mayoría de los políticos que buscan excusas ideológicas para su renuencia a reducir el poder estatal alegan: "El pueblo nos ha elegido en las urnas; gobernamos por voluntad popular. Todo cambio es un ataque a la democracia representativa. La redistribución social de los recursos incumbe al Estado, y su responsabilidad central no debe diluirse. Los intentos de construir o apoyar cualquier estructura paralela fuera del control central ponen en duda la mismísima democracia parlamentaria".

Todavía hoy, por cierto, la fe en la sociedad civil es interpretada por muchos como izquierdismo, anarquismo, sindicalismo y, en un caso, hasta protofascismo. Arguyen que la sociedad civil es un ataque al sistema político; este argumento se basa en la conocida renuencia a compartir el poder. Es como si los partidos dijesen: "Gobernar es asunto nuestro, de modo que elijan entre nosotros y punto".

Entorno pluralista

¡Tonterías! Los partidos políticos y demás instituciones democráticas sólo funcionan bien cuando extraen su fuerza e inspiración de un entorno cívico pluralista y evolucionado, y están expuestos a sus críticas. La sociedad civil no pretende eludir al Parlamento o a los partidos políticos, sino permitirles trabajar lo mejor que puedan. Sin el entorno vivificante de una sociedad civil estructurada en formas diversas, los partidos e instituciones políticos se marchitan, pierden su inventiva y, a la larga, quedan reducidos a obtusas camarillas de profesionales de la política.

La sociedad civil genera un verdadero pluralismo que, a su vez, lleva a una competencia generadora de calidad. Aquí hay una similitud entre economía y política. Cuanto mayor sea la variedad de iniciativas permitidas, tanto más probable será que triunfen las mejores y más ingeniosas. Confiar únicamente en las capacidades de las autoridades u organismos políticos centrales, dejarles decidir siempre qué hay que hacer y cómo, es incurrir en la presunción más peligrosa del siglo XX: igualar el poder con la verdad.

Por otra parte, cuanto más se estratifique la sociedad civil, más prosperará y más estable será la política interna. Ella protege a los ciudadanos contra los impactos excesivos de los cambios que se producen en el centro del poder político. En niveles inferiores, absorbe (e incluso elimina) algunos efectos de tales cambios. Así, facilita realmente el cambio político de manera que un cambio de gobierno no parezca un huracán arrasador.

Allí donde la sociedad civil no está suficientemente desarrollada, todo problema se infiltra hasta el poder central. Pero cuanto más autoridad conserve éste, tanto más favorables serán las condiciones para que esas fuerzas se adueñen del país. Los comunistas lo sabían muy bien: por eso manipulaban hasta las cámaras de apicultores.

No hace falta ser un economista para descubrir que la sociedad civil también paga su parte. Cuando los gastos se cargan al presupuesto del Estado, se necesita una mayor recaudación impositiva y las transferencias consumen montos cuantiosos. En un sistema tributario que permita deducir las donaciones caritativas, las iniciativas provechosas reciben más dinero del que obtendrían si aquellos montos fuesen gastados por el gobierno. La sociedad civil emprende sus propias iniciativas progresistas aun sin deducciones tributarias.

Lo más importante de la sociedad civil es que posibilita la realización personal. El hombre no vive sólo para fabricar cosas, consumirlas o enriquecerse. También es un ser social (quizá sea ésta su cualidad más íntima), anhela convivir y cooperar de diversos modos, influir en lo que sucede a su alrededor, ser apreciado por su contribución al entorno. La sociedad civil es una de las formas clave en que podemos ejercer en plenitud nuestra naturaleza humana. Sus enemigos lo saben y este conocimiento alienta su oposición.

© Project Syndicate y La Nación

El autor es el presidente de la República Checa.

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

Fuente: La Nación (Buenos Aires, Argentina)

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