Instituto Václav Havel - CADAL

Artículos de Václav Havel
La década del gran desafío
20 de noviembre de 1999
 

PRAGA

EL pasado miércoles 17 se cumplieron diez años de la brutal intervención del régimen comunista contra una pacífica manifestación estudiantil en homenaje a una de las primeras víctimas del nazismo: el estudiante Jan Opletal. Esa intervención acabó siendo la bola de nieve proverbial que desencadena un alud. Poco después, centenares de miles de personas colmaron nuestras plazas y expresaron claramente que estaban hartas de vivir sin libertad. El régimen, que tenía en sus manos todos los instrumentos de poder concebibles y controlaba los medios y la economía, empezó a desmoronarse como un castillo de naipes frente a una voluntad popular expresada en forma pacífica, pero decidida.

Aquellos días agitados de solidaridad nacional, coraje ante los sacrificios, entusiasmo e infinita alegría que acompañaron la caída del régimen totalitario pertenecen a un pasado ya lejano. Los años siguientes nos vieron luchar, con mayor o menor éxito, contra todas las consecuencias penosas de varias décadas de comunismo.

A medida que reconstituíamos y perfeccionábamos el pluralismo político, nos comprometíamos a instaurar el verdadero imperio de la ley, robustecíamos las instituciones democráticas y transformábamos una economía totalmente nacionalizada en una economía de libre mercado, fueron surgiendo innumerables dificultades. Asimismo, y esto resultó lo más difícil, tuvimos que habérnoslas con el pernicioso legado moral de la era comunista y enfrentar todo lo malo que había estado latente dentro de nosotros y que nuestra flamante libertad había sacado a la superficie de nuestra vida.

Significación histórica

Todos estos problemas cotidianos que a menudo nos provocan enfado y desesperanza, son minucias comparados con la significación histórica de la caída del comunismo en el mundo, que fue el telón de fondo del "noviembre checo" de 1989. La revolución checa, si se me permite llamarla así, no cayó del cielo. Fue un componente orgánico de un proceso mayor, asociado a la desintegración irrefrenable de un sistema basado en la mentira, el odio y la coerción; un sistema que había privado a la gente de sus derechos fundamentales, había violentado la esencia misma de la vida y había intentado detener por la fuerza la marcha de la historia, invocando una utopía atrayente pero falsa.

Tan sólo ahora, diez años después, vamos tomando plena conciencia de la magnitud y la multiplicidad de los desafíos surgidos de aquellos acontecimientos memorables. La división bipolar del mundo colapsó y llegó la hora de construir un orden completamente nuevo para la seguridad, la política y la economía mundiales, más equitativo y acorde con la nueva era de liberación humana que siguió a la caída del comunismo.

El presente exige una percepción distinta del mundo contemporáneo como una entidad multipolar y multicultural interconectada globalmente, una reforma coherente de todas las organizaciones e instituciones internacionales, de manera tal que puedan reflejar este nuevo entendimiento e, imbuidas de este espíritu, puedan cumplir las tareas formidables del período venidero. Se necesitan emprendimientos audaces para combatir a fondo los numerosos males que han resurgido, en toda su magnitud, tras el colapso de las viejas estructuras.

Me refiero al nacionalismo empedernido y el odio entre diversas comunidades que habitan este planeta. Al crimen organizado, con medios tecnológicos nunca vistos. Al terrorismo internacional. A la expansión del narcotráfico. A los efectos deshumanizantes del rápido crecimiento de las aglomeraciones urbanas. Al peligro de que nuestra civilización pierda el control de las armas nucleares o los sistemas de información que inventó, o sobre las consecuencias ambientales de su propio desarrollo. A las diferencias sociales, cada vez mayores, combinadas con un rápido crecimiento demográfico y nuestra incapacidad para regular las distintas formas sofisticadas de la economía global de mercado con el fin de que sus productos ayuden a cultivar verdaderamente la vida humana, en vez de confinarla.

En lo más profundo

En suma, estoy convencido de que la caída del comunismo significó no sólo la liberación de millones de seres humanos oprimidos y humillados, sino también, y por muy diversas razones, un gran desafío que impulsó a nuestra civilización contemporánea a emprender un examen de conciencia renovado y profundo, a reconsiderar su rumbo y las amenazas que enfrenta, a hallar el modo de regenerar o reavivar el sentido de la responsabilidad ante sí misma. No es cierto que falte un punto de partida. En lo más profundo de todos los grandes sistemas religiosos del mundo contemporáneo, oculto o sojuzgado, yace el mismo ideal primario que nos animó a buscar nuestra libertad frente a un régimen tan monolítico y abrumador como el comunista. Sólo necesitamos comprenderlo y abrazarlo.

Diez años después de haber reconquistado nuestra libertad, simplemente no basta conmemorar y recapitular aquellos tiempos dramáticos en que el viejo mundo se desintegraba y surgía un nuevo estallido de libertad. Debemos centrar la atención en las implicaciones y los efectos más amplios de esa liberación. Ante todo, debemos pensar en el futuro, pero, si queremos que ese pensamiento tenga una base sólida, no debemos olvidar el pasado. Tampoco podemos olvidar a aquellos a quienes debemos todo lo bueno que el pasado lega a nuestro futuro.

© Project Syndicate y La Nación

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

El autor es presidente de la República Checa.

Fuente: La Nación (Buenos Aires, Argentina)

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