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Artículos de Václav Havel
La nueva OTAN y sus nuevos enemigos
11 de mayo de 1999
 

PRAGA

Vivimos un momento notable, que pone a prueba nuestra capacidad de hacer frente a una nueva y amplia gama de amenazas contra la humanidad que afectan nuestra seguridad, pero también el medio ambiente y nuestra civilización en general. Ellas imponen grandes exigencias, no sólo a la OTAN y a sus miembros más recientes -entre los que se cuenta mi país, la República Checa-, sino a toda la humanidad.

A seis décadas de la invasión de nuestro país por la Wehrmacht hitleriana y a 31 años del aplastamiento de la Primavera de Praga por los ejércitos del Pacto de Varsovia, nuestra seguridad se está convirtiendo en parte integral de la seguridad del mundo euroatlántico. El peligro de que el pueblo checo vuelva a ser presa de un agresor, de un atacante confiado en que el mundo democrático no levantará un dedo para intervenir, se aleja irrevocablemente en el tiempo.

Si bien ha disminuido la amenaza directa de una invasión y ocupación, aún acechan fuerzas siniestras que es preciso enfrentar. Empero, el adversario actual de la OTAN es mucho más difícil de percibir y medir, pese a que sus orígenes son terriblemente familiares. Una vez más, la agresión germina en el suelo fértil del odio étnico. A ese furor racial se suman los fanatismos religiosos y los ideológicos. Estas patologías cobran fuerza en las sociedades víctimas del despojo y el desamparo, donde la desesperación, por sí sola, hace que la gente pierda toda esperanza y fe en la sociedad o civilización que la rodea.

Hoy, su ira adopta la forma de conflictos regionales y limpiezas étnicas, de anónimos atentados terroristas. Se nutre de una mafia y del tráfico de armas con un poder destructor masivo. Niega la existencia misma de la cultura y la libertad humanas, lanza ataques mortíferos y asesina al azar. Una vez más, se repite el exterminio sangriento de comunidades enteras; más aún: podemos presenciarlo por televisión.

Todas estas amenazas tienen dos rasgos en común. Primero: apuntan a la humanidad. Segundo: siempre encierran un potencial explosivo peligroso que implica la posibilidad de transformarse, en cualquier momento, en conflictos en gran escala que amenacen engullirnos a todos. Pueden hacerlo y lo harán, si no lo prevenimos a tiempo.

Pese a la ambigüedad de las encuestas locales respecto de la incorporación a la OTAN, los ciudadanos checos son plenamente conscientes de estas amenazas y de las obligaciones que la pertenencia a la OTAN les impone, en cuanto a compartir la responsabilidad de prevenirlas o combatirlas. Saben que la OTAN es una garantía de seguridad, pero también un serio compromiso: así como nuestros aliados protegen nuestra seguridad, del mismo modo nosotros custodiamos la de otros, asumiendo la misma responsabilidad conjunta por la paz mundial que la alianza atlántica acepta por entero.

Una oportunidad

La pertenencia a la OTAN da derecho a participar en sus deliberaciones y decisiones. Así pues, lejos de quitarnos libertad, nuestro compromiso con la alianza atlántica la acrecienta, pertrechándonos mucho mejor para formular eficazmente nuestros puntos de vista sobre la escena internacional y las graves amenazas que afronta. Al mismo tiempo, nuestro nuevo estatus nos ayuda a comprender mejor que la libertad no es una puerta hacia el egoísmo, sino fundamentalmente una oportunidad de ser solidarios y una exhortación a actuar con responsabilidad ante el tipo de amenazas que, hoy por hoy, la OTAN enfrenta en Kosovo.

En verdad, el accionar actual de la OTAN pone de relieve su naturaleza cambiante. Su decisión de abrirse a las nuevas democracias europeas significa que ha resuelto demoler por completo el extraño muro psicológico que separaba las llamadas "viejas democracias" de las poscomunistas. Es evidente que aquella división impuesta que escindía al mundo en dos bandos gigantescos está dejando paso, por fin, a una nueva división mucho más lógica, mucho más adecuada al mundo actual y beneficiosa para la humanidad. Es una división en entidades regionales naturales, unidas por tradiciones culturales, históricas y políticas comunes, por una civilización compartida; entidades que anhelan entablar un diálogo amistoso, cooperar en todo y, de este modo, ayudar a forjar un mejor orden social basado en la paz planetaria.

Los tres nuevos miembros de la alianza pertenecen a la esfera de la civilización occidental. Lo mismo ocurre con Eslovaquia, Eslovenia y Rumania, con Lituania, Estonia y Letonia, con Bulgaria y otros Estados balcánicos. La matanza de Kosovo es una guerra dentro de esa civilización unida, y no un choque entre civilizaciones opuestas.

La autodelimitación natural de una esfera no significa, empero, que se considere superior a otras o se defina como lo opuesto a cualquier otra. Por el contrario. Sólo una entidad consciente de su propia identidad puede cooperar con otras de igual a igual, como una buena socia.

El hecho de que la Guerra Fría haya terminado y la OTAN ya no se defina geográficamente por los acuerdos de Yalta, firmados por Churchill, Roosevelt y Stalin en un momento que hoy nos parece tan remoto, hace necesario que la misma alianza reconozca sinceramente que ha experimentado una transformación sustancial. Los peligros -esto es, las amenazas de las que nos resguarda la alianza- están cambiando. La OTAN ya no enfrenta a un solo adversario estratégico, vasto y claramente delineado. Ahora debe enfrentar, como en Kosovo, a esas fuerzas ocultas capaces de emerger en un estallido súbito, devorando a multitudes en las hogueras de la ira. No podemos alcanzar la paz si no estamos dispuestos a defenderla de las fuerzas malignas.

(c) Project Syndicate y La Nación . .

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

Fuente: La Nación (Buenos Aires, Argentina)

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